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martes, 20 de marzo de 2012

LA PROSTITUCION EN LA EDAD ANTIGUA


¿QUE ES LA PROSTITUCION EN LA EDAD ANTIGUA?

En un primer momento, la prostitución no podía ser identificada como tal, ya que, como hace notar F. Engels en su estudio denominado El Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, basado en las investigaciones de Lewis Morgan sobre los pueblos primitivos, el sexo era practicado indiscriminadamente por todos los miembros de la tribu, sin que existiese diferenciación de familias entre sus miembros. Afirma (pág. 44-45) que "reconstituyendo de esta suerte de historia de la familia, Morgan llega a estar de acuerdo con la mayor parte de sus colegas acerca de un primitivo estado de cosas según el cual, en el seno de una tribu imperaba el trato sexual sin obstáculos, de tal suerte que cada mujer pertenecía igualmente a todos los hombres y cada hombre a todas las mujeres". De esta forma, plantea la existencia de prácticas que por entonces no eran consideradas promiscuas (pero que en la actualidad sí lo serían) dadas las condiciones sociales de existencia imperantes. Engels observa, además (páginas 84-85), los siguientes puntos:
"La prostitución venal fue al principio un acto religioso; practicábase en el templo de la diosa del amor y primitivamente el dinero ingresaba en las arcas del templo. Las hierodulas de Amaitis en Armenia, de Afrodita en Corinto, lo mismo que las bailarinas religiosas agregadas a los templos de la India, que se conocen con el nombre de bayaderas (la palabra es una corrupción del portugués bailadeira), fueron las primeras prostitutas. La prostitución, deber de todas las mujeres en un principio, no fue ejercida más tarde sino por estas sacerdotisas, en reemplazo de todas las demás. En otros pueblos, el hetairismo proviene de la libertad sexual concedida a las jóvenes antes del matrimonio; así, pues, es también un resto del matrimonio por grupos, pero que ha llegado hasta nosotros por otro camino. Con la desproporción entre la propiedad, es decir, desde el estadio superior de la barbarie, aparece esporádicamente el asalariado junto al trabajo de los esclavos, y con él, como un correlativo necesario, la prostitución por oficio de la mujer libre, junto a la prostitución obligatoria de la esclava. Así, pues, la herencia que el matrimonio por grupos legó a la civilización es doble, como todo lo que la civilización produce es también de dos caras, de doble lenguaje, contradictorio: acá la monogamia, acullá el hetairismo, comprendiendo en éste su forma extremada, la prostitución".
Por otra parte, Mario ZAPATA (1984: 3-4), la Enciclopedia ESPASA CALPE (pág. 1102 y ss) y las publicaciones La prostitución en 25.000 palabras, y Prostitución: el problema social de todos los tiempos, de Toribio Anyarin Injante, efectúan una clasificación temporal y espacial, identificando las características de la prostitución en diferentes contextos. Inicialmente, se hace una referencia al ejercicio de la prostitución en el Cercano Oriente, partiendo de Mesopotamia. En efecto, los primitivos mesopotámicos ofrecen los rastros de la primera prostitución que marcó a todas las demás civilizaciones de la humanidad. Debemos aclarar que la hospitalidad y la prostitución estuvieron íntimamente relacionadas en los primeros tiempos. En un primer momento, como señalan las fuentes indicadas, el servicio sexual era hospitalario, es decir, algo más de lo que podía disponer el viajero cansado en la casa del huésped, sin que tuviera que pagar por esto.
Luego, a este tipo de servicio sexual sucedió el servicio sexual religioso. Este servicio fue la primera modalidad de prostitución, ya que para tener acceso carnal con una mujer en los templos dedicados a tal efecto el varón debía pagar determinada suma antes o después del contacto. En Babilonia es donde se desarrolla este primer tipo de comercio sexual. La consolidación de la familia monogámica significa, en los hechos, el primer obstáculo definitivo al comercio sexual sin trabas. Anayarin informa (pág. 4) que toda mujer nacida en Babilonia estaba obligada, una vez en su vida, a ir al templo de Ishtar, la diosa babilónica del amor, para entregarse en ese lugar a un extranjero. Cuando una de las asistentes tomaba asiento en el lugar sagrado, no podía volver a su casa sin que un extranjero le haya arrojado dinero en el regazo y sin que haya tenido comercio con ella fuera del templo. Como podemos ver, surge de esta forma la prostitución sagrada, que se complementa y engarza con la hospitalidad sexual.
Resulta curioso observar cómo cada pueblo imprime a esta actividad su característica especial y personalísima. La voluptuosidad más desenfrenada la aportaron los babilonios, mientras que los fenicios dieron a la prostitución ese aire comercial que tipifica su existencia. En la cultura fenicia existían dos divinidades del amor: Astarté y Baal. De la unión de ambas deidades surgió la celebración de una serie de fiestas o ceremonias que con el tiempo cobrarían un gran esplendor. La del Duelo, por ejemplo, donde Astarté lloraba la muerte de Baal, su divino amante. En esta fiesta, las mujeres se golpeaban duramente el cuerpo, en inequívoca señal de desesperación, para más tarde ofrecer sus cabellos a la diosa, o su cuerpo a un extranjero. Se cree que fue en Biblos donde la antedicha fiesta alcanzó mayor popularidad. Allí las mujeres que querían conservar su cabellera con evidente menosprecio de su pudor, abandonaban rápidamente el templo y se dirigían a una especie de mercado donde sólo tenían acceso además de ellas los extranjeros. Estaban obligadas a entregarse tantas veces como fueran requeridas. El producto de aquel comercio carnal se destinaba a adquirir ofrendas para las imágenes de la diosa.
En suma, los fenicios, comerciantes en toda la extensión de la palabra, perfilaron con su propia característica la prostitución, fusionando muy íntimamente las dos fuentes conocidas: hospitalaria y religiosa, pero comerciantes por encima de todo. "No dudaron en desarrollar la costumbre de entregar su mujer y sus hijas al recién llegado. De esta forma, no sólo tenían la suerte de realizar esta entrega a la representación humana de un dios, sino que, de paso, podían hacer también un productivo negocio" (Enciclopedia Jurídica OMEBA, pág. 654).
En Egipto, las leyes morales cumplieron su primer objetivo: desentrañar las diferencias entre el bien y el mal. Los egipcios saben a qué atenerse, y parece no existir las condiciones para que se desarrolle la prostitución hospitalaria y sagrada. Pero queda la tercera: la del comercio carnal. La mujer egipcia se entrega en los primeros tiempos por pura y simple codicia. No puede seguir la costumbre hospitalaria, ya que el egipcio es en ese momento, por naturaleza, un ser que odia al desconocido, a quien por nada del mundo deja entrar en su casa ni le ofrece avíos o alimentos, creyendo sin duda que de esta mínima relación pueden sobrevenir contagios de pestes o enfermedades infecciosas.
Inútil, por tanto, la doble cara hospitalaria y religiosa de esta actividad. Las egipcias que se abandonan a la prostitución se hacen, por tanto, cortesanas. A veces se presentaba la prostitución bajo la vertiente sagrada, engarzada en el culto a Isis, la diosa del amor y la fertilidad, y su esposo, Oziris. Sin embargo, si en Egipto llegó a existir esta forma de prostitución, fue sólo de manera muy leve. No obstante, la otra imagen que se tiene, la nacida de la codicia, brillaba con inusitado fulgor. Cuando cualquier egipcio, por noble que fuese, necesitaba conseguir algo, no dudaba en entregar a su hija, esposa o madre, con tal de satisfacer su ambición.
Así, se puede observar que en Egipto existió la prostitución desde las épocas más remotas, pero al cabo de poco tiempo perdió su carácter religioso. Los egipcios fueron los primeros en prohibir las relaciones carnales con las mujeres nativas o peregrinas domiciliadas en los templos y demás lugares sagrados de la época. Al romperse el vínculo entre prostitución y religión, la primera continuó practicándose en forma independiente y alcanzó contornos extraordinarios. La Enciclopedia Jurídica Omeba (pág. 654) comenta que "en Egipto se dictaron, por primera vez, normas de carácter policial para reglar y sanear el ejercicio de la prostitución, las que no llegaron a ejercer ninguna influencia efectiva, pero sirvieron de antecedente a las normas de control estatal en este terreno".
La misma fuente informa que "en Grecia hubo prostitución religiosa desde que se fundaron los templos, por lo que se la vincula al origen mismo del paganismo helénico. En Corinto era usual adscribir al templo de Afrodita mujeres que servían como meretrices y que entregaban a los sacerdotes lo que recaudaban en esa calidad. Constituían una gran atracción que contribuía al enriquecimiento de la ciudad, e incluso llegaron a ser tratadas como benefactoras. Al comenzar el auge del cristianismo se inició su decadencia, y en su primera epístola a los corintios, San Pablo las fustigó en forma despiadada, poniendo fin a un estilo y una época. En verdad, ya antes del advenimiento del cristianismo, en el período de mayor cultura griega, se había llegado a abolir la prostitución religiosa, pero sus huellas persistieron en muchos ritos y costumbres. Solón trató de preservar el orden y la moral de Atenas, y para ello, además de tomar otras medidas, reglamentó la prostitución. Creó casas especiales, a las que llamó Dicterion, que quedaban confinadas a ciertos barrios y eran monopolio del Estado, que las administraba y percibía impuestos especiales por su rendimiento. Legalizaban aparentemente, el libertinaje, pero es indudable que su implantación respondía a una necesidad de la época, y que Solón trató, por su intermedio, de evitar graves males hereditarios y de atemperar el desorden en el ámbito social".
Las fuentes consultadas coinciden en señalar que las mujeres que habitaban los dicteriones eran en su mayoría extranjeras o esclavas compradas con este propósito. Sobre éstas se imponía una serie de limitaciones: no podían transitar por ciertas zonas de la ciudad, debían utilizar vestiduras especiales que permitieran identificarlas, y les estaba prohibido intervenir en los servicios religiosos. Cumplían las más humillantes funciones públicas, y los establecimientos a que pertenecían fueron en verdad, el antecedente histórico de los ‘lenocinios’ romanos, de las ‘mancebías’ españolas y de los ‘prostíbulos’ de nuestra época.
La vida de las dicteriades estaba rígidamente reglamentada, y sus costumbres eran controladas con mucha mayor severidad que las de sus equivalentes actuales. Pero al cabo de poco tiempo, la disciplina se relajó, bajo la influencia de las mujeres extranjeras que invadieron Atenas; las mismas lograron obtener tantas franquicias administrativas y policiales, que, al cabo de un siglo de la creación de los dicteriones, no era difícil encontrar a sus pupilas en los lugares sociales y hasta en el foro.
Dentro de la denominación genérica de cortesanas griegas se encontraban varios grupos, clasificados de acuerdo a las leyes que regían su actividad. Las pupilas del dicterion tuvieron durante muchos años, el carácter de verdaderas esclavas: eran adquiridas por el Estado, que corría con sus gastos y necesidades, pero fijaba al mismo tiempo, la tarifa oficial de explotación para cada una de las mujeres del establecimiento. Éste era regenteado por un funcionario público, que imponía disciplina y percibía las sumas recaudadas directamente por las mujeres. Venían luego las pornai, que se ubicaban principalmente en el pireo, en establecimientos más libres y menos reglamentados; los visitantes podían alquilarlas, y llevárselas a vivir consigo por períodos de una semana, un mes o un año.
El rango superior lo ocupaban las auletridas o tañedoras de flauta, que tenían una relativa libertad de movimientos, ya que podían trasladarse a cualquier sitio. Iban, generalmente, a fiestas de hombres solos, en las que se podía tasar discrecionalmente su trabajo de artistas y danzarinas. La categoría más alta de las cortesanas griegas estaba formada por las heteras, palabra que significa "compañera". A diferencia de las pornai que eran, en su mayoría, orientales, las heteras eran por lo general mujeres de la clase de los ciudadanos, que habían perdido su respetabilidad o que se negaban a aceptar la vida de reclusión de las matronas atenienses. Vivían en forma independiente y recibían en su casa a los hombres que habían logrado atraer. Algunas de ellas consiguieron adquirir gran cultura y refinamiento y se incorporaron, en forma un tanto mítica, a la historia de ciertos acontecimientos de su país
Aunque no gozaban de derechos civiles y sólo podían frecuentar el templo de su propia diosa, Afrodita, algunas heteras llegaron a gozar de muy alta consideración en la sociedad masculina de Atenas, hasta el extremo de que en muchos casos no se consideró bochornoso que un hombre se exhibiera públicamente en su compañía.
Las cortesanas griegas se apartaron de las simples dicteriadas y de las últimas prostitutas que habían comenzado a acudir a Atenas, y frecuentaron la intimidad de los grandes hombres del país, curtiéndose en sabiduría, como es notorio a lo largo de muchos ejemplos conocidos. Sobre todo donde las cortesanas procuraban sus amantes fue en el terreno de la filosofía. En rigor, la época de las cortesanas comenzó en Grecia cuando Clonice enlazó las seducciones del amor con las lecciones de filosofía. Así, vemos cómo Aspasia, vieja dicteriada de Megara, natural de Mileto, proclamó una galante frivolidad creando una escuela que no dudaron en seguir cientos de jóvenes griegas. Aspasia contrajo matrimonio con Pericles que ya estaba casado con Crisila, de la que tuvo que separarse para unirse a la hetaira pensadora, que llegaba a todas partes rodeada de su femenina corte de honor.
También en el terreno de la política, las cortesanas de Grecia desempeñaron un importante papel. De entre todas cabe destacar a Pitionice y Glicere, que llegaron a obtener increíble poder. En Babilonia eran dueñas y señoras, y Hárpalo –el protegido de Alejandro Magno, que era gobernador de Babilonia-, tuvo amores con las dos.
Por otra parte, vemos que en la historia romana, en sus inicios, era casi nulo el meretricio, ya que no tenían todavía a Venus como diosa oficial. Las pocas prostitutas que había eran marginadas de la sociedad y debían vivir en los lugares más apartados de Roma. No podían casarse y llevaban un distintivo. Con la aceptación de los dioses Venus y Baco en el sistema religioso se incrementó el desenfreno sexual y alcohólico y con ello la prostitución. Ante esta situación se implantó leyes para frenar los excesos.
En la antigua civilización etrusca se conocía y admitía la prostitución, hasta el extremo de aceptar que muchas jóvenes formaran su dote con los fondos que recababan con su ejercicio. La Enciclopedia Jurídica Omeba (pág. 655) señala al respecto: "La prostitución se manifestaba en la forma hospitalaria y en la consentida. La primera se ejercía en los bosques de laurel y mirto que rodeaban las ciudades, mientras que la reglada o consentida tenía por escenario los arrabales de las mismas, especialmente los que rodeaban los puertos y permitían un fácil contacto con los extranjeros".
En la Roma primitiva, las prostitutas eran muy poco numerosas, y estaban excluidas de la sociedad romana, y se les prohibía llevar el vestido de las matronas, signo de la mujer decente, y debían vivir confinadas en los rincones más oscuros de la ciudad. Poco a poco se las fue organizando mediante un control muy severo. Las prostitutas debían registrarse en la Policía, lo que constituye un antecedente de las prácticas actuales, y quedaban disminuidas automáticamente por ciertas incapacidades civiles.
Las inscripciones pompeyanas y los textos legales de Ulpiano y Justiniano excluyen del concepto de prostituta a las adúlteras pasionales y las que poseían un amante, pero incluyen, en cambio, las que ejercen clandestinamente. Sea como fuere, es general entre los jurisconsultos romanos que el precio por sí solo no define la prostitución, considerando como mujer honesta a la que supiera guardar las apariencias. Las leyes del Digesto no hablan para nada de la prostitución masculina, hetero y homosexual, tan común, sin embargo, en la antigüedad.
Toribio Anyarin Injante (pág. 4) señala que "En 180 a.C. Marco Aurelio pone los cimientos en la reglamentación. La prostituta debía llevar su licencia stupri que sería la marca de la indignidad e infamia hasta su muerte. Además de ser vigiladas por censores, debían pagar a éste el impuesto vectigal creado por Calígula equivalente a la octava parte de su ganancia diaria, con lo que engrosaba el fisco. En el año 149 a.C. la Ley Scantinia de Nefanda Venere sancionaba no solamente a las mujeres que se prostituían, sino también incluía a los pederastas".
La Enciclopedia Jurídica Omeba (pág. 656) apunta también el siguiente dato: "En la época de Trajano, se calculaba que en Roma había más de 30.000 prostitutas censadas que vivían en las afueras de la ciudad, y a éstas había que agregar varios millares de "paseantas" secretas no fichadas, que practicaban la prostitución libre. Con el advenimiento del cristianismo, comenzó la lucha contra la prostitución. Dioclesiano, Anastasio I y Justiniano trataron de poner un dique a las costumbres licenciosas de la época, ayudando a la rehabilitación de las mujeres caídas, mediante la destrucción de los registros donde constaba su posición infamante, y la anulación de las incapacidades que pesaban sobre ellas. La nueva religión condenó la corrupción e hizo conocer el dogma del pecado mediante el cual se predicaba una moral muy severa que honraba la castidad y la continencia, y sancionaba la monogamia como ley sagrada. Las reformas más importantes de la nueva iglesia se realizaron en el terreno del sexo. El paganismo había tolerado a la prostituta como un mal menor y necesario; la Iglesia Católica las atacó sin concesiones e impuso un patrón único de moralidad para ambos sexos. Su éxito no fue completo, ya que la prostitución continuó su camino en el ocultamiento y el disimulo; sobrevivió pese a tener que franquear barreras éticas y morales totalmente nuevas".
En el siglo ix Carlo Magno ordenó el cierre de todos los establecimientos donde las mujeres se permitían tener relaciones sexuales promiscuas y dispuso el destierro de las prostitutas. Pero dada la gran corrupción de las costumbres, las medidas legales resultaban inocuas. Durante la Primera Cruzada, algunas mujeres pagaban su viaje vendiéndose en las ciudades de la Ruta. Y las Cruzadas siguientes vieron engrosadas sus filas por numerosos contingentes de mujeres vestidas de hombres, que llegaron a crear verdaderos burdeles alrededor de la Tienda Real.
Pese a la devoción religiosa imperante en esa época se toleraba a las prostitutas por considerarlas un mal necesario: solaz para los soldados que combatían por el Señor y defensa de la moral de los hogares. Como todos los trabajadores se agrupaban en gremios, ellas también formaron el suyo que contemplaba tanto la situación de las que se encontraban recluidas en casas especiales, como la de aquellas que viajaban errantes tras los ejércitos. Es decir, que la prostitución no sólo era aceptada, sino, incluso, protegida y regulada.
A pesar de las leyes, empezaron a florecer los prostíbulos. Tanto las prostitutas como los que las dirigían debían inscribir sus nombres en los registros ediles de los que nunca se les borraba. Más adelante se crearon los lupanares equivalentes al dicterion griego, que debían estar fuera de la ciudad. El Senado estableció una división entre las prostitutas de estos lugares y las prostitutas errantes o clandestinas. Ambas eran condenadas a la infamia pública. Lo mismo sucedía con las personas que facilitaban la prostitución.
Durante el imperio de Diocleciano la prostitución bajó notablemente gracias a la revaluación social y religiosa producida por el cristianismo. Con la caída de Roma en 414 d.C., los bárbaros decretaron leyes represivas contra la prostitución. Posteriormente, todos los emperadores cristianos se esforzaron en atajar y reprimir la prostitución. Constantino fue uno de los más fervientes defensores de la moral romana. Él limitó el libre accionar de los homosexuales, quienes hasta entonces no hallaban obstáculos para requerir servicios sexuales (de varones prostitutos). Todos los emperadores cristianos sin excepción, y Justiniano más que ninguno, se afanaron en consolidar las costumbres del imperio haciendo uso de todos sus recursos y todo su poder. Fue Justiniano quien cambió e impuso un nuevo e inexorable reglamento en los baños públicos tan característicos en todo el imperio. El Emperador obligó en estos baños y como medida preventiva la diferenciación entre los dos sexos. También dictó una severa ley en la que exponía que el marido que fuese sorprendido en el baño con una mujer que no fuese la propia perdiese a perpetuidad todas las donaciones que pudiese obtener de su esposa.
La prostitución masculina, por otra parte, acabó por tomar tanto incremento desde el siglo v a.C. en Grecia y desde la época imperial en Roma, que llegó acaso al mismo nivel que la prostitución femenina. Tampoco era infrecuente que los hombres se prostituyesen a las mujeres, como se encuentra mencionado en el libro bíblico de Ezequiel y aparece en las poesías de Juvenal y Marcial.
1.2 La prostitución en la Edad Media
La Edad Media no rompió con las tradiciones de la antigüedad en lo referente a la prostitución, adoptando, por el contrario, muchos de sus puntos de vista. La Enciclopedia Espasa Calpe (pág. 1105) señala al respecto: "Se aprecia más bien una transformación gradual que una verdadera reforma en tan importante problema social, por parte de los gobiernos, filósofos y moralistas de la época. Donde más claramente se observa esta continuidad es en el imperio Bizantino como puede colegirse de los escritos de Procopio y de Miguel Psellos. La capital de los emperadores de Oriente y los emperadores de Oriente ofrecía en el barrio de Gálata el aspecto de los antiguos centros de prostitución de Grecia y Roma: lo propio puede decirse de Chipre y Creta, que se hicieron célebres en este sentido".
En general, la prostitución en las ciudades medievales y especialmente las del norte, adoptó la forma cerrada de los burdeles, aunque no faltaban casos de la ambulante en forma de danzarinas o tañedoras de arpa y cítara. Entre los árabes se encontraban tales artistas con el nombre de mumisa, voz derivada del griego mimas, siendo muy celebradas en las poesías árabes como el Diván de Mutalami. Los judíos habían mantenido las prohibiciones seculares de los libros sagrados con respecto a la prostitución, aunque la influencia griega se había traducido en una tolerancia muy extensa en la práctica. Flavio Josefo menciona ya la existencia de numerosas prostitutas por más que no parece hubiera una verdadera organización de las mismas entre el elemento exclusivamente judío. Si el Talmud menciona casos que recuerdan las costumbres grecorromanas, es sólo por efecto de la influencia de las mismas, existiendo sectas intransigentes como las de los Esenios que vedaban toda relación sexual ilícita. La sociedad cristiana no adoptó el punto de vista ascético y por tanto prohibitivo, sino que estableció la tolerancia desde los primeros tiempos, no faltando con todo, sus protestas y reacciones momentáneamente victoriosas.
En general, las prostitutas de la Edad Media ejercían su comercio como gremio reconocido, figurando en las entradas solemnes de príncipes en las poblaciones festejándoles con ofrendas de flores. No era infrecuente tampoco que las visitasen entonces grandes dignatarios, que por otra parte las obsequiaban con regalos para bailes y festejos. Tal ocurrió en Viena durante el reinado del emperador Segismundo en 1435 y en Praga en el del emperador Alberto ii. Las ordenaciones acerca del comercio de las prostitutas eran tan comunes como minuciosas, negándoseles, sin embargo, el derecho de ciudadanía a partir del siglo xv. Se las obligaba a usar trajes especiales, separándolas de las mujeres honradas, incluso en las tumbas, reservándoselas lugar aparte en las iglesias. Tampoco debe olvidarse que la escasa población y menor riqueza de las ciudades medievales impidieron el lujo y esplendor que acompañó al desarrollo de la prostitución en Grecia y Roma.
Sólo en el oriente bizantino e islamita se hallan ejemplos que recuerdan los de las modernas urbes mundiales en esta parte. Donde más parece haberse concentrado el ejercicio de la prostitución es en las grandes villas universitarias, como Padua, Florencia, París, Heidelberg, Oxford y Salamanca. Los moralistas no cesaron de clamar contra esta proximidad cual lo demuestran en el siglo xiii las invectivas de Jaime de Vitri. Lo propio se observa en Italia por parte de Eneas, Silvio y del Panormita, condenando la inmoralidad de los estudiantes de Siena. Era deber de los rectores vigilar que los estudiantes no saliesen de noche para evitar la frecuentación de tales mujeres. Sin embargo, tales disposiciones eran poco respetadas, renovándose sin cesar con los abusos y escándalos que se venían sucediendo.
La Enciclopedia Jurídica Omeba (pág. 656) informa que "en 1254, el Rey Luis ix decretó el destierro de todas las prostitutas de Francia, pero cuando comenzó a aplicarse el Edicto, se comprobó que la promiscuidad clandestina reemplazaba al anterior tráfico abierto, lo que indujo a revocarlo en 1256. El nuevo decreto especificaba en qué zonas de París podían vivir las prostitutas, reglamentaba su forma de actuar, la ropa que podían usar y las insignias que las caracterizaba, se las sometía a una inspección y control de un magistrado policial, que llegó a ser conocido bajo la denominación de ‘rey de los alcahuetes, mendigos y vagabundos’. En su lecho de muerte, Luis ix aconsejó a su hijo que renovara el Decreto de Expulsión, cosa que éste hizo con resultados similares a los anteriores".
Las fuentes documentales consultadas coinciden en afirmar que la prohibición, la reglamentación y la abolición de la prostitución se sucedieron a lo largo de los siglos, con resultados diferentes. En 1561, bajo el reinado de Carlos ix, se reeditó la ordenanza, con el propósito de combatir los estragos que el "mal de Nápoles" o sífilis hacía entre la población. En Génova y Venecia, la prostitución estuvo reglamentada administrativamente bajo la dirección de una mujer a quien llamaban "reina", que se encargaba de hacer respetar en forma estricta los reglamentos policiales.
En España ocurrió lo mismo, ya que la prostitución reglamentada tuvo una evolución análoga a la de los demás países en la época. En el siglo xv, las mujeres se agrupaban en mancebías enormes, cercadas por murallas, en las que su número llegaba a centenares. Estos establecimientos fueron reglamentados por Felipe ii, suprimidos por Felipe iv, reimplantados por Carlos ii, y legalizados, definitivamente, en 1865.
En América, la mancebía más importante fue la que se denominó Casa de Recogidas, fundada en La Habana en 1776. En Inglaterra había una cadena de burdeles cerca del puente de Londres, que en un principio obtenía su licencia del Obispo de Winchester y luego del Parlamento. En 1611 bajo el reinado de Enrique ii se dictó una serie de ordenanzas, con las que se trató de evitar la propagación de las enfermedades venéreas. Por las mismas se prohibía a los dueños de los establecimientos que tuvieran mujeres atacadas por esas enfermedades, como también la admisión de hombres que sufrieran "males nefandos".
Con el advenimiento de la Reforma, las costumbres cambiaron totalmente, y se insistió sobre la necesidad imperiosa de castidad. En 1650, en Inglaterra se llegó a considerar la fornicación como una felonía, que al reiterarse podía acarrear la pena de muerte. A partir de este año las prostitutas comenzaron a ser juzgadas por tribunales civiles y no eclesiásticos. Se las condenaba por indecencia pública o alteración del orden. En 1751 comenzaron a cerrarse los burdeles y desde entonces la legislación se ocupa de las ofensas contra la decencia en lugares públicos y trata de castigar, especialmente a los intermediarios de la prostitución.
La influencia de la prostitución ambulante en las ferias y mercados es uno de los rasgos característicos de esta época que excedió considerablemente a la antigüedad en tal concepto. Lo propio puede decirse de las grandes fiestas populares como las de los Santos, de Pascua y Carnaval, de los torneos, peregrinaciones y romerías. En cuanto a las grandes expediciones militares como las de las cruzadas, no hay que decir que los puertos de mar como Hamburgo, Venecia, Nápoles y Lisboa, eran centro de una enorme prostitución como lo atestiguan las poesías de la época. No poca influencia ejercieron también en ella las gentes de condición servil, que no dejaron de existir en toda la Edad Media. Así, en Bizancio, a pesar de las prohibiciones de la emperatriz Teodora, hubo un gran tráfico de esclavas. Lo propio en Italia y en Grecia, no obstante renovarse los edictos persiguiendo tan vergonzoso trato.
En las mancebías estaban tratadas las mujeres como verdaderas esclavas, y lo propio acontecía en todo el Oriente musulmán, lo que se refleja en la literatura de aquel tiempo. Alfonso el Sabio de Castilla reglamentó ya la prostitución, ofreciendo cuadros vivos de ella las inmortales obras de Fernando de Rojas y del Arcipreste de Talavera. Los castigos aplicados a las proxenetas, y que se encuentran en todos los países de Europa eran muchas veces ilusorios, y, cuando más, no tardaban en caer a poco en desuso.
1.3 La prostitución en la Edad Moderna
La Enciclopedia Jurídica "Omeba", así como Mario R. Zapata (Ob. Cit.) informan que la prostitución reglamentada se impuso a lo largo de la Edad Moderna. Desde principios del siglo xix esta institución se generalizó en todas partes, y fue considerada por los distintos Estados como una necesidad desagradable a la que era necesario reglamentar y de la que era conveniente sacar beneficios pecuniarios. Estaba encuadrada dentro del aparato estatal, regida por normas de carácter policial e higiénico y, aunque rechazada por un cúmulo de conceptos morales y éticos, no podía negarse su existencia tanto real como legal. En la actualidad, la mayor parte de los países civilizados sustentan un criterio abolicionista, que rechaza la intervención gubernamental en el problema, o la reduce a un mínimo.
Las leyes no disponen la abolición de la prostitución, sino la abolición de la reglamentación correspondiente, eliminan su carácter oficial.
1.4 La prostitución en la Edad Contemporánea
Mario Zapata (Ob. Cit.) comenta que es en esta época que la prostitución adopta diferentes formas degenerativas y de extensión universal. Despierta la preocupación de científicos, médicos, etc., quienes plantean la problemática desde diversos ángulos. Formulan soluciones que van desde el castigo y el libre albedrío "hasta razonamientos como los de Schopenhauer, para quien la monogamia es una de las causas de la prostitución" (pág. 5).
La prostitución reglamentada se impuso a lo largo de lo que podríamos considerar, época moderna, desde principios del siglo xx, esta institución se generalizó en todas partes y fue considerada por los distintos Estados como una necesidad desagradable a la que era necesario reglamentar y conveniente sacar beneficios pecuniarios. Estaba encuadrada dentro del aparato estatal, regida por normas de carácter policial e higiénico, y aunque rechazada por un cúmulo de conceptos morales y éticos, no podría dudarse de su existencia, tanto real como legal.
Otras fuentes, como las ya citadas en páginas anteriores, comentan que durante este período de la historia los diferentes momentos que atravesó la prostitución: desde un florecimiento desmedido hasta las acciones represivas del Estado.
1.5 La prostitución durante la Colonia en el territorio ocupado actualmente por Bolivia
Después de revisar los diferentes textos a los que se pudo acceder sobre historia y sociología de Bolivia, se llegó a la conclusión de que la prostitución en el territorio que hoy ocupa Bolivia no se inició antes de la llegada de los españoles. Mario Zapata (Ob. Cit.: 6) y José Arze y Arze (1989: 15-16) con base en los Comentarios reales de los incas de Garcilazo de la Vega, mencionan a las pampairunas, que habrían efectuado cierta conducta "irregular", que, sin embargo, sería tan eventual que merece apenas mencionarse, además de no aportar datos exactos. Por ello, se parte el presente apartado con la prostitución durante la Colonia.
Gustavo Adolfo Otero (1980: 54) informa que "se otorgó a algunas mujeres a que libremente se trasladaran al Perú, ya muy avanzada la conquista. Estas se hallaban comprendidas entre las prostitutas llamadas ‘portuguesas’." Es decir, la prostitución parece haber llegado a América por la vía de la importación. Sin embargo, las nativas también fueron obligadas (de una u otra forma) a prostituirse. El mismo autor señala sobre el particular (p. 55):
"No se castigaba a las indígenas que eran seducidas, amancebadas o prostituidas por los españoles, recibiendo muy suavemente éstos [los españoles] las sanciones. Había también entre las muchísimas leyes de Indias varias tendentes a proteger el sexo débil indígena, tales como aquellas que prohibían que las indias fueran obligadas a acompañar en los viajes a los españoles y a salir de su residencia, igualmente que tampoco se aceptaba por las autoridades denuncias de amancebamiento con clérigos si éstas no tenían el resguardo de las correspondientes pruebas, a fin y objeto de poner a las mujeres indígenas a salvo de calumnias".
El mismo autor (pág. 85) señala que "la vida sexual de la época ofrece a la observación la característica del contubernio del sexo con la religión. Es notable observar que los hidalgos españoles o los "acaballerados" que desprecian a las indias racialmente, no las repugnan como sus queridas o sus prostitutas, formando con ellas verdaderos cerrallos en sus haciendas o conviviendo con las mismas en la ciudad. Las aventuras de la Villa Imperial de Potosí, tan explotadas por los tradicionalistas, se inspiran en estos amores sádicos en los que se mezcla el amor y la muerte con la religión".
1.6 Bolivia: la prostitución durante la República
1.6.1 Período de 1825-1951
Pese al cambio de dominio, durante los primeros años de la República subsiste el orden socioeconómico heredado de la Colonia. El feudalismo y el latifundio permanecen intactos en un Estado contradictorio que tenía una organización jurídica y política de corte liberal. Mario Zapata (Ob. Cit. 6) informa que durante los primeros años de la República la prostitución no presentó diferencias sustanciales con relación al período anterior.
En los diferentes períodos bélicos (Campaña del Pacífico, del Acre y del Chaco) se presenta una variedad especial de prostitución: las rabonas. Éstas eran mujeres que acompañaban a los hombres en campaña, dando sus servicios sexuales a oficiales y soldados con lo cual mantenían "elevada" la moral de la tropa. El cuento titulado La paraguaya (p. 212), en el libro Sangre de Mestizos de Augusto Céspedes contiene un pasaje que, aunque de modo periférico, aborda este aspecto. Como podrá apreciarse, las meretrices eran reclutadas de los poblados aledaños al área de conflicto. El texto señala concretamente:
"Poco después trabó en Ballivián el ansiado contacto con una de las diminutas meretrices, de rostro aplastado y negros senos, recolectadas de Yacuiba y Charagua. Ella recluyó la figura de la paraguaya en su inofensiva virginidad de estampa".
Este período se caracteriza, fundamentalmente, por el patriarcado cerrado, que no era exclusivo del país. Sin embargo, movimientos sociales contestatarios se iban gestando al interior de la sociedad urbana. Entre los muchos temas de discusión se da el caso del divorcio, en el cual la mujer asume, como pocas veces, un papel importante. Alcides Arguedas (1979: 222-3) comenta al respecto:
"Un periódico de importancia, El Diario, decide en Bolivia promover una encuesta exclusivamente femenina. Y las damas de mayor linaje se muestran decididas partidarias del divorcio, con entusiasmo y casi unanimidad. El movimiento en favor del divorcio se manifiesta vigoroso y entusiasta en todas partes, hasta en esas ciudades de abolengo, recatadas y algo austeras, como Chuquisaca."
Si bien el proceso se inició en los años 20, la aprobación legal del divorcio no llegó sino hasta varios años después. Sin embargo, este precedente dice mucho de la capacidad política de la mujer cuando encuentra espacios en los que puede trabajar de manera organizada.
1.6.2 Período 1952-1984
La revolución nacional boliviana tuvo su origen en el descontento social generado por la Guerra del Chaco y, junto con las revoluciones de México, Cuba y Nicaragua, fue uno de los cambios sociales más importantes producidos en Latinoamérica durante este siglo. Se inició en abril de 1952 como un golpe de Estado protagonizado por la pequeña burguesía urbana y el MNR, pero a lo largo del año y medio siguiente, los militantes campesinos y mineros la transformaron en una trascendental reorganización de la sociedad boliviana. En el período inmediatamente posterior a los breves conflictos que marcaron el golpe, la escalada de demandas obreras y la ocupación de facto de terrenos por parte de campesinos en el valle de Cochabamba y la región circundante a la ciudad de La Paz, impulsaron a la acción a los moderados líderes del MNR.
La situación del campo estaba prácticamente fuera de control y el gobierno requirió de un amplio poder popular para consolidar una base independiente de poder. Fue así como el MNR nacionalizó las principales minas de estaño e instituyó una arrolladora reforma agraria que legitimó un proceso que ya estaba en marcha en el campo y que proscribió el pongueaje. La revolución también otorgó derechos de sufragio a mujeres e indígenas, amplió el sistema educativo, redujo el poder del ejército y organizó a la población en milicias civiles armadas para defender el nuevo orden social.
Herbert Klein (1999: 233) hace notar que "para una comprensión de la revolución que se produjo en los meses que siguieron a abril de 1952 resulta imprescindible comprender el carácter de la sociedad y la economía bolivianas a mediados del siglo. Aunque conservaba todavía todos los rasgos clásicos de una economía subdesarrollada, a mediados del siglo xx, Bolivia había experimentado cambios de relieve en su composición social. Entre 1900 y 1952 la población urbana había subido de 14,3% al 22,8% de la población total del país. [...] El nivel de alfabetización y el número de niños que asistían a la escuela habían aumentado durante el período mencionado, particularmente después de las sumas importantes destinadas a la educación después de la Guerra del Chaco. Así, entre 1900 y 1950, la población alfabeta subió del 17 al 31% de la población total, mientras que la población estudiantil preuniversitaria pasó de alrededor de 23.000 a 139.000 [...] Así pues, empiezan a surgir en las tendencias del siglo xx transformaciones fundamentales en el carácter de la población hacia un aumento rápido de la población urbana." Como resultado de este proceso de urbanización acelerada, se puede advertir que la prostitución también se ve incrementada. Por otra parte, vemos que el contexto general en que se desarrollan las sociedades urbanas facilita la violencia hacia la mujer que se institucionaliza en el matrimonio. Esto forma una cadena que dirige la vida de varones y mujeres, prolongando las relaciones de dominación que se puede percibir en tres dimensiones entrelazadas: etnia, clase social y género.
1.6.3 Período de 1985 a la fecha
Como pudo observarse en estos subtítulos, la prostitución en Bolivia, y particularmente en La Paz, se inicia con la llegada de los españoles (en el territorio que hoy ocupa Bolivia). Durante la República se operan cambios que repercuten principalmente en el ámbito político, pero que socialmente tienen escasa trascendencia. De este modo, las costumbres (entre las cuales se cuenta el TSC) se mantienen inalterables. Es a partir de 1952, y fundamentalmente a partir del último hito histórico, 1985, que se operan cambios de importancia en la composición social paceña. La prostitución, como actividad ligada al desarrollo de las ciudades, también se ve afectada y provoca, eventualmente, cuestionamientos que parten de la base misma de la sociedad.
En el caso de la ciudad de La Paz, los cuestionamientos provienen principalmente de la capa intelectual. Así, se toma en cuenta los datos contenidos en la obra teatral La calle del pecado del autor nacional Raúl Salmón de la Barra. Dicha obra contiene el relato de la historia de Maruja, muchacha huérfana que es contratada por la dueña de un prostíbulo con engaños, para luego ser arrastrada y explotada sexualmente por ésta. En el relato se encuentran, además, detalles que ilustran la cotidiana actividad de las TSC, tomando en cuenta de modo muy particular el tema de las enfermedades venéreas.
Con el D.S. 21060 de 1985, y bajo la presión y auspicios del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), se pone fin a la política del estado empresario y proveedor de fuentes de trabajo para refundar el capitalismo dependiente y guiado por la política de libre mercado. Así, con un golpe de timón espectacular para los cimientos ideológicos del MNR, Víctor Paz inaugura una etapa caracterizada por la recuperación económica del país sin tomar en cuenta el costo social. La capitalización, forma diplomática de presentar la privatización, enajena la propiedad estatal sobre empresas estratégicas para la economía nacional como YPFB, ENTEL, ENFE, LAB y otras.
La serie de reformas que siguieron a este proceso aún están en etapa de evaluación. Sin embargo, es incuestionable el fracaso del modelo en su aplicación por el alto costo social que significó. Entre los sectores más damnificados se cuentan, como siempre, la tercera edad, la mujer y la niñez. La prostitución, que se alimenta principalmente de mujeres, niños, niñas y adolescentes, encuentra en este período cruento para la economía y la familia un especial caldo de cultivo.
Este cuadro general, como podrá advertirse, facilita el incremento del TSC de las mujeres, pero también, aunque en proporción menor, de los varones. El Diario, en un reportaje intitulado Los hombres también "venden sus cuerpos", de fecha 1 de agosto de 2000, señala: "La crisis económica, que tiene como una de sus manifestaciones la falta de fuentes de empleo, también afecta a los varones. Algunos jóvenes optaron por la ‘venta de sus cuerpos’ en el llamado mundo de la prostitución masculina" (ver Anexos). Este reportaje toma en cuenta la prostitución masculina en la ciudad de La Paz

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